Dicen que la calidad y naturaleza de tus enemigos hablan más de tu persona que tus amigos. Es una visión de botella medio vacía, pero creo que no podría ser más acertada. Aunque esto es engañoso, la calidad no se refiere en muchas ocasiones a su relevancia social, sino sobre todo al bagaje de virtudes de la persona. En estos casos la relación suele ser inversamente proporcional.
Los amigos, los verdaderamente sinceros, en realidad son un par de personas; quizá tres, quizá cuatro. Todos aquellos que se ganan la vida, tanto material como espiritualmente, haciendo amigos merecen mi desconfianza inicial. Porque la generosidad del ser humano para compartir su intimidad es limitada, y su virtuosidad mucho más. Hay gente que trabaja en dicho oficio, con muy buena intención, pero que se dejan retratar en paños menores cuando pintan bastos. Vamos, que aun siendo consideradas buena gente, en los momentos difíciles ni están ni se las espera. Esto nos da pie para hablar de los bocazas.
El bocazas. Puede ser un señor que conoces en un AVE Madrid Zaragoza, un antiguo compañero de trabajo, o un viejo amigo. Normalmente los amigos, los de verdad, no suelen ser muy bocas; si no pueden ayudarte en algo te lo dicen en confianza, aunque en un momento de exaltación te hayan prometido el oro y el moro. El genuino bocazas es el captador de amigos profesional. Sí, el de las listas con cumpleaños, el que se anotó el nombre de tu perro, de tu novia y de tus futuros suegros. El que cuando necesite algo no dudará en llamarte después de meses sin hacerte caso.
Pasamos a lecciones aprendidas: Un enemigo te puede dar que pensar sobre ti mismo; un amigo es un tesoro de verdad, un alma gemela; y un bocas, o bocazas, sólo podrá ser un amiguete con el que reírte un rato, hablar un poco de la vida e ir de excursión. Todo lo demás será decepción.
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